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Regálame septiembres

Sentada en un incómodo banco del andén, dejó pasar un metro tras otro, los suficientes para que ya no se le notaran los ojos humedecidos y se le acabaran los suspiros…No podía encaminarse así hacia el otoño.
Septiembre. He vuelto. Los repartidores de prensa gratuita me taponan el paso y con una práctica perdida,agarro como puedo los periódicos mientras intento no dejar caer el bolso y el libro. La primera señal de que todo vuelve a su cotidianidad, conmigo, todos vuelven a la ciudad.
Ha sido un verano de viajes, de excursiones estudiadas y otras no tanto, de perderse en caminos forestales y pasear descalzos por la playa al ponerse el sol. Días de llorar temiendo perder el ancla de mi barco, de reir por mis innumerables patosadas, de capturar paisajes, de cruzar miradas y consolidar lazos. A veces ha habido días de pisar sobre tablones sueltos, de marear el suelo que pisaba, de dudas. Otros, días de certezas, de fotos a contraluz y aviones a Centroeuropa.
Un regreso a casa que me descoloca, un verano que me dice adiós, y un otoño que me regalará melancolía…
“Fin del verano que nunca quisimos
pero que siempre estará justo donde queremos.
Fin de los días de risas y vinos
nos permitieron soñar aunque fuera despiertos.
Y es que las mejores fotos las guardo en mi retina
donde contemplo tus ojos y alabo tu sonrisa”
Regálame septiembres. Capítulo 7
Cerrando cajas de años pasados

A veces no me doy cuenta de lo deprisa que pasa el tiempo, y cuando echo un vistazo al calendario de los días pasados, o revuelvo las agendas llenas de anotaciones de meses atrás, me sacude un calambrazo, como hoy.
Las reformas en el edificio en que trabajo, nos obligan a hacer una mudanza forzosa de una planta a otra, ahora veré los edificios de la calle desde arriba, y estaré más cerca del cielo y las ramas de los árboles. Los trastos más voluminosos, ordenadores, fotocopiadoras, mesas, sillas y demás muebles de oficina ya descansan en un amplio despacho tres plantas más arriba, pero aún queda por vaciar los cajones. Y en ello estoy.
Parece mentira la cantidad de cosas que van almacenándose sin que seamos conscientes. Y claro, me he percatado de que ya llevo aquí aproximadamente cuatro años, y eso es mucho tiempo. Una se adapta al lugar en el que pasa sus días, y aunque sólo se trata de un pequeño despacho sin apenas iluminación, le tengo cariño, porque aquí fue donde me reencontré con Toni en un tiempo en el que yo ya no creía en nada.
Mi pequeño despacho me recuerda a aquellas tardes en que hacía turnos intensivos y él se acercaba desde el suyo para ofrecerme un café malo de la máquina, o cuando nos hacíamos los encontradizos por el pasillo camino a la fuente del agua, o cuando pasaba a recogerme para irnos hacia el metro.
Cuando aún no éramos nada, pero ya lo habíamos sido todo.
Nunca dejaré de estar sorprendida por el azar, que hizo que dos personas que en su día se separaron, volvieran a encontrarse en uno de los cientos, cientos, y cientos de edificios que invaden esta enorme ciudad. Y tuvieran que trabajar bajo el mismo techo.

