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Nunca dejemos de soñar

Había noches en que sus pies y su alma se rendían de cansancio y tristeza, pero el sueño le reparaba la esperanza, y al día siguiente volvía a perfumarse y a empezar de nuevo. Aunque su razón a veces la llevaba a dudar, un presentimiento le insistía en que él seguía vivo. De todas formas, pensaba que ya no tenía nada que perder. Aquel tiempo de búsqueda no era un tiempo perdido, era la medicina que la hacía mantenerse con vida.
A pesar de querer a su hija con delirio, nunca quiso comentarle lo que estaba haciendo. Le daba vergüenza que se enterara de que su vieja madre, de ochenta años, aún soñaba con amar. No sabía en qué momento llegaba el día en que al anciano se le prohibía veladamente sentir amor carnal. Los abuelos terminaban siendo dadores de experiencias, los cuidadores de nietos, los escuchadores de hijos, los remendadores de calcetines e intercesores de salidas. “Los viejos se hacen invisibles al amor, son repudiados al placer de soñar”, había pensado una tarde en el parque. A ella le había pasado viendo a sus abuelos; parecía que la edad les hubiera robado el alma. Los viejos sólo tenían fotos y leyendas pasadas de tiempo y moda; era imposible imaginar que unos labios cuarteados y desteñidos hubieran besado nunca con pasión de fruta madura.
Cada mañana mientras se observaba y descubría en su geografía de arrugas un nuevo río, Soledad sentía que su alma no tenía tiempo. Ahora podía entender lo que de joven no entendía: que sólo se envejece en los espejos, que el espíritu es libre de volar alto por encima de la vida; que el verdadero amor no tiene edad ni muerte.
Después de dos meses de búsqueda infructuosa y noches desoladas, cuando le quedaban por visitar los últimos Dolguts del listín, ella tuvo un sueño. Soño que lo encontraba. Ella volvía a tener catorce años y corría por la playa pisando carcajadas de mar, bañándose de besos. Que él venía a abrazarla en volandas llevando alas en los pies que los elevaban del mundo y de las piedras. En su vuelo de amor, observaba a su hija que se quedaba en tierra, pero de repente el rostro de ella ya no era el suyo, era el de su madre, que gritaba que volviera, que le ordenaba a voces bajarse de las nubes. Ella no le hacía caso, volaba alto atravesando el cielo.
Ese día supo con la certeza de un sueño, que lo encontraría.
El penúltimo sueño, Angela Becerra
Mirando al mar soñé...

Siento mi absentismo de los últimos tiempos, debe ser que la llegada del calor hace que mi inspiración se tome un descanso. Buenos meses para la inactividad.
Mi vida sigue un camino color azul,y de momento el terreno está despejado sin piedras a la vista.
Me tomo unos días de descanso para ver el mar, que se echa tanto de menos por estas tierras.
Volveré con nuevos escritos.

