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Pequeño mundo, importantes coincidencias

Agotada mentalmente es como me siento después de este fin de semana, que podría servir perfectamente para hacer el guión de una peli de terror y melodrama.
Si alguien hubiera tenido una cámara de video a mi alrededor hubiera grabado mi cara de desconcierto el sábado cuando me encontré en el mismo bar en barras separadas a las dos personas que más daño me hace ver: Zak en un lado y Toni en otro, con sus respectivos amigos y tomándose sus respectivas copas. ¿El mundo es tan pequeño que tenemos que coincidir estas tres personas? Vale que es el mismo pueblo, vale que hay pocos bares, vale que al ser fiestas hay más probabilidades de encontrarte con la gente…pero, ¡todo a la vez ¡. Parece que un duende travieso me guía a los sitios a los que no debo ir.
Bastante es que haya coincidido con uno en el trabajo, bastante es que el otro haya vuelto desde tan lejos y sea prácticamente vecino mío. ¿Así es cómo tengo que dar carpetazo? si a cada paso que doy van apareciendo como fantasmas…
Estoy muy cansada. Lo siento, hoy tampco es un buen día.Por otros caminos

Aún es de noche cuando salgo de mi casa para ir a trabajar, aún me pesan los ojos de tanto sueño que guardo y sigue sin darme tiempo a desayunar porque siempre me levanto apurada, pero no me importa, ya que después de varios días tensos y ambiente enrarecido en el trabajo, la situación se ha desarrollado de una manera satisfactoria para mí sin comerlo ni beberlo. Y como yo no lo esperaba, he tomado el cambio con ilusión.
Ahora tengo un mejor horario y un espacio más grande (¿para mí sola?)para trabajar, y me entra más luz de la calle. Se acabó por fín el comer todos los días comida de tartera y las dos horas interminables que tenía entre turno y turno.
Además, desde hoy empiezo de nuevo la carrera hacia las oposiciones, y, aunque tengo muchos pájaros en la cabeza, espero que sea más productivo el tiempo dedicado. Pete va a ayudarme con algunos temas y yo intentaré ser paciente, en todos los sentidos.
La llegada del otoño casi siempre me pone triste, una mezcla de nostalgia y melancolía cuando paseo por los parques de color amarillento, y un cansancio inusual que me lleva a arrastrarme y tener desgana. Pero quiero que este año sea distinto, porque tengo mucho por hacer y ya he dado mi palabra de cambio. Y no puedo romper.Espinete no existe

Es el título del monólogo que fui a ver ayer. Había conseguido las entradas prácticamente por los pelos un día antes ya que me lo habían recomendado. E hice bien. A lo largo de casi dos horas, el intérprete repasa en clave de humor, los momentos más especiales de su infancia, su primera comunión, la televisión del momento, el colegio…, y yo lo hice también.
Me acordé del momento más feliz del día, que para mí era llegar a casa y merendar pan y queso mientras veía los dibujos en la televisión. Y escuché de nuevo las risas que mi padre se echaba mientras veía conmigo al reportero más dicharachero de la televisión, ese personajillo verde llamado Gustavo.
Mi madre supervisaba que después hacía las tareas asignadas, que solían ser generalmente sencillos problemas de matemáticas, o conjugaciones de los verbos franceses que tanta lata nos daban.
Recordé las clases de inglés después del colegio, y cómo a mí me daba una vergüenza tremenda ir con el uniforme, ya que me hacía parecer “más pequeña”.
Me ví de nuevo en el parque cercano a mi casa, negociando un intercambio de papel de cartas con mis amigas. Una costumbre que se puso de moda hace unos años y que me llevó a atesorar carpetas repletas de sobres y cartas, que todavía hoy andarán escondidas en algún lugar del armario.
Recorrí las calles del antiguo barrio donde antes vivía, y en el que no había gran cosa que hacer pero donde para nosotros todo era un juego. El garaje en el que pasábamos mañanas y tardes, y días enteros (sí, era un garaje, ya veis), la chopera que había cerca de mi casa y donde teníamos construido nuestro refugio. Las excursiones a la tienda de chucherías para armarnos con todo un arsenal de gominolas de todos los colores y sabores…
Y me acordé de mis juguetes, mi súper cine Exin, mi granja Playmobil, mi Nenuco, que hacía pompitas y babeaba, mi supermercado Smoby…
Me acordé de un montón de cosas. Y me lo pasé fenomenal.
Leyenda india

Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hoja del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos-empezó el joven.
- Y nos vamos a casar-dijo ella
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
- Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
- Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.
- Por favor-repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo...-dijo el viejo después de una larga pausa-.Pero no sé...es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa-dijeron los dos.
- Lo que sea-ratificó Toro Bravo.
- Bien-dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo-siguió el brujo-deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta...Salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur...
El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
- ¿Volaban alto?-preguntó el brujo
- Sí, sin dudas. Como lo pediste...¿Y ahora?-preguntó el joven-. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No-dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne-propuso la joven.
- No-repitió el viejo-.Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero...Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro.
Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados (Jorge Bucay, El camino del encuentro)
Recuperando momentos

El primer mensaje que guardo en mi móvil es del 24 de abril de 2003, y el último es de ayer.Y ambos son de la misma persona y dicen prácticamente lo mismo. En ese sentido, podría decir que en estos tres años hay partes de mi vida que no han cambiado. Pero la mayoría, sí han cambiado.
Voy a cambiarme de compañía y eso conlleva perder todos los números acumulados y todos los mensajes guardados años tras año. Así que ayer me pude a hacer un repaso para pasar la agenda a papel y salvar los mensajes. Y me puse a leerlos, y cómo no, acabé llorando. Durante mucho tiempo han estado esas palabras ahí escritas, como un testimonio de que lo pasado ha sido real, mensajes especiales o más sencillos, que he releído infinidad de veces, y que fui incapaz de borrar en su momento.
Ayer encontré mensajes olvidados, mensajes que anunciaban bodas, rupturas, nuevos trabajos…Había infinidad de mensajes de amigas que ya no lo son, mensajes de Toni que evidenciaban nuestro distanciamiento, mensajes de Zak prometiéndome un mundo mientras, por la fecha, se avecinaba el final…Qué irónico resulta leer con eso con la perspectiva del tiempo. Pero lo mejor fue encontrar un mensaje de Marcos, al poco tiempo de conocerle, que decía: “dentro de unos años te reirás de todo esto”.
Los borré todos, uno a uno. Pero hoy por hoy, todavía no me río.Una flauta de tristes melodías

Amanece de nuevo un día gris y desapacible en Madrid tras una noche en la que no ha dejado de llover. El cielo está encapotado y aún no ha clareado. Parece que todo el mundo lleva el malhumor en la sangre, y yo considero que el agua que resbala por las calles es demasiado preciosa y necesaria, aunque los días sean más incómodos. Con la lluvia siento que yo me estoy limpiando también.
Apresurada para no llegar tarde al trabajo, desfilo corriendo como de costumbre el pasadizo subterráneo que me sirve de salida a la calle, y como cada mañana…contemplo un escaparate de rostros que me observan con ojos tristes y cansados, y camino entre hileras de personas a los que la suerte les ha abandonado, y me siento un poco más pequeña…
Las notas de la flauta ya llegan a mis oídos, es un sonido al que me he acostumbrado y que me acompaña casi hasta el final del recorrido. El chico que la hace sonar no debe tener más edad que yo, pero sus ojos están mucho más apagados, no entiende casi nada de español aunque hace ya mucho tiempo que está allí, y como por un acuerdo no firmado, a veces recojo para él uno de los periódicos que reparten, porque observa las fotos que en él salen para luego muchas de ellas plasmarlas en un cuaderno que guarda junto a su manta.
Me pregunto cuáles serán sus circunstancias y las de todos ellos, cómo sería su vida, y me sobrecojo al pensar una vez más que no hay que irse muy lejos para toparse de frente con la miseria.
En las puertas de mi trabajo. En la zona más cara de toda la capital.Aquella noche sin luna...

Agosto de 2001. Noche cerrada en el campo. Un grupo de doce personas se encamina con linternas por el borde de la carretera hacia la entrada de la finca. Bajo la poquísima luz que la luna ofrece se ve, tras las vallas, la fachada imponente del hospital abandonado y los restos de lo que fue su parking. El pueblo más cercano queda lejos para ir a pie,y sorprende que en un sitio tan relativamente alejado pudiera haber tiempo atrás una febril actividad.
La chica que cierra el grupo no está nada convencida acerca de lo que van a hacer. Se ha convertido en la moda del verano y ella no comprende muy bien qué puede tener de divertido meterse ahí dentro,donde seguro que sólo hay ratas, pero tiene aún más miedo de quedarse sola en la entrada mientras sus amigos recorren el edificio.
Hay un agujero en la valla, por lo que pronto se encuentran dentro del jardín.
Deciden dividirse en dos grupos para moverse con más libertad mientras recorren las seis plantas de aquella mole.
Pegada a su novio, la chica miedosa se promete que no montará un numerito, pero la sola idea de verse envuelta en tinieblas hace que se arrepienta de no haberse quedado en casa.
Ya están dentro del edificio, lejos de estar vacío, aún se aprecian las distintas estancias y los carteles de lo que un día fueron. Pasillos con camillas abandonadas, papeles y ropas amontonados,un enorme silencio y una profunda oscuridad. La linterna apenas ilumina el frente más inmediato. Y esta chiquita empieza a ponerse nerviosa cuando los demás deciden seguir subiendo plantas. Parte de las escaleras están derruidas y los huecos del ascensor amenazan con una fuerte caída. Y suben, y caminan sobre un suelo de baldosas levantadas, y en el que a veces una fotografía rompe la monotonía.
Y ella piensa en el pasado de aquel lugar, en la gente que allí estuvo internada y en por qué aún siguen muchas pertenencias por allí, como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces siente una fuerte opresión en el pecho, no por el miedo a lo desconocido y a lo que tantas veces ha visto en las películas de terror, no porque piense en fuerzas sobrenaturales, sino porque piensa que no debería estar allí, porque se siente como si estuviera perturbando la intimidad del lugar.Y decide no seguir, y se pone nerviosa. No puede recordar cómo llega de nuevo hacia la salida y se ve fuera del edificio acompañada de su novio.
Han pasado cinco años, y aún se me encoge el estómago.

