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The World of Pikifiore

En el Capricho

En el Capricho

En la tregua que este fin de semana nos ha dejado la lluvia, Marcos me recogió en mi casa y me llevó a un sitio al que yo quería ir desde hacía tiempo y que por diferentes circunstancias no había podido conocer, el parque del Capricho en las afueras de la capital. Un parque del siglo XVIII, gran desconocido incluso para los que aquí vivimos al no poseer la buena situación de otros verdes lugares como el Retiro.

La tarde no era agradable, hacía frío y el cielo encapotado amenazaba con volver a dejar caer agua sobre nosotros, pero la atmósfera se me hizo amiga en seguida. Pasear bajo esos árboles entre dos luces, oír el agua que caía en pequeñas cascadas o contemplar el decrépito palacio que corona uno de los caminos, me hizo retroceder en el tiempo. Pensé en aquel lugar en un día soleado, mientras invitados ilustres en pequeñas barquitas se apeaban en el embarcadero a los pies del salón de baile construido en la orilla mientras una pequeña orquesta les invitaba a entrar...

La tarde nublada y la poca gente que había, le daban un aire abandonado al lugar, pero al mismo tiempo muy atrayente.

Me gustó el detalle de Marcos, que sabía de mis ganas por conocerlo. Desde el pasado mes de junio, hemos pasado muy poco tiempo juntos y le echaba de menos. Paseando con él, me pregunté que hubiera ocurrido si no llego a superar la dependencia que el año pasado demostré hacia él, esa confusión que me hizo creer que podía haber amor donde sólo hay amistad.

Cierto que nos hemos alejado, pero las circunstancias así son. Su novia es algo celosa, y yo no quiero ser fuente de discusiones. Y él por otra parte, siente que puede ser molesto para Pete, siendo éste incluso su mejor amigo. Lo cierto es que juntos seguimos estando igual de bien que siempre.

Y por tardes como esa, merece la pena esperar.

Amor apasionado, amor tranquilo

Amor apasionado, amor tranquilo

Una descarga eléctrica que te sacude cuando tus ojos se cruzan con los suyos, el resto del mundo en un aparte, temblor de piernas, deseos de que el mundo se pare, deseos de que la noche no acabe. Deseos...Llamadas sin sentido a todas horas sólo para escuchar su voz al otro lado, mil mensajes, mil flores...Subir a la luna y dormir allí, observar el sol y compararlo con el color de su piel. Miedo a que el día pase sin verle, miedo a que el planeta y se pare y no hayas podido decirle adiós. Opresión en el estómago ante una discusión, sentirse orgullosa de sus actos, de sus gestos de todo él. Sonrisa en los labios...Fugacidad.

Amor apasionado.  

Confianza, serenidad, mirarle a los ojos y ver la verdad, cogerse de la mano y notar su fuerza. Romper a llorar y descubrir un hombro. Una llamadas, unos mensajes, mi casa es la tuya, tu casa es la mía, unión, pactos, la tranquilidad que da saber que al día siguiente estará. Risas, libertad, complicidad, amistad.

Amor tranquilo. 

Amor apasionado versus amor tranquilo. ¿Se sienten con la misma intensidad?

 

Desigualdades

Desigualdades

Aunque estemos en el siglo XXI, aunque la barbarie de siglos pasados haya quedado atrás, aunque las diferencias entre unos y otros muy muy despacio tratan de ser limadas, aunque se lucha por la igualdad, desgraciadamente, aún queda mucho por hacer, y lo seguirá habiendo mientras se puedan leer cosas como estas: “Sólo hay dos motivos en la vida de una mujer para que ésta salga de su casa: cuando abandona la casa de su padre para trasladarse a la de su marido y cuando abandona la casa de su marido en un ataúd”. Y todavía hay muchos que piensan así. Es fuerte. ……………………………………………………………………Me he hecho una cuenta de correo nueva, si alguien quiere ponerse en contacto conmigo, estaré en: bailandoenmimundo@hotmail.com

No veremos el mar

No veremos el mar

Aquella noche no tenía ninguna gana de fiesta y el desconocido que me acababan de presentar llevaba un buen rato intentando darme conversación e invitarme a algo. Ese desconocido eras tú.

Al final te pedí un vaso de agua, sólo eso, y me dijiste que cuando me llevaras al mar, tendría todo el agua que quisiera para mí. Aquello me llamó la atención y empecé a reir.

Tras dos años juntos, finalmente nunca me llevaste al mar.

La nuestra es una historia de encuentros y desencuentros, de no estar nunca en el mismo punto, de querernos pero anteponer el orgullo al amor...

Me perdiste cuando conocí al chico de la lluvia, y nunca reconociste que deseabas verme volver cuando aún estabas a tiempo. Y me fui de tu lado.

Luego te encontré de nuevo gracias a uno de mis continuos cambios de trabajo y a punto estuve de perderte aquella nublada noche en que alguien se cruzó demasiado rápido en tu camino. No fui a verte al hospital, pero cada día en mi casa deseaba con fervor tu rápida recuperación, no puedes imaginarte lo mucho que lloré pensando en que no te volvería a ver, aunque sólo fuera para ponerte muecas en los pasillos y discutir por tonterías como la temperatura excesiva del café que me comprabas.

Y te recuperaste, y con tu traslado nos despedimos de nuevo. Pero no sería la última vez. La cuerda que nos une, de vez en cuando nos acerca cuando no está tensa. Por eso el otro día me refugié de la lluvia en la misma cafetería que tú, por eso andamos por los mismos caminos y paseamos por la misma orilla del río.

Sé que seguiremos encontrándonos así, y me doy cuenta de que me gustan esas casualidades esporádicas y los encuentros. Ya no te quiero, al menos como un día te quise, pero formas parte de mi vida y te necesito en ella.

Aunque nunca tú y yo veamos juntos el mar...

Muchas felicidades Toni. Que las velas de tu tarta te iluminen el día.

 

Cuidando de mí

Cuidando de mí

Apenas hablo de Pete aquí, algunas referencias veladas y de pasada. Ayer, una persona que conoce el blog me preguntó el motivo y quizá la respuesta sea que todavía no sé el papel que le puedo asignar, ya que aún no sé lo que realmente representa en mi mundo.

Del mismo modo que me hace falta su presencia, me irrita su cercanía en ocasiones. Del mismo modo en que a veces me hace reír, lloro por su causa cuando me siento hundida.

Al mirarle a la cara, sólo veo buenos sentimientos, una mirada limpia y tierna y un corazón lleno de paciencia hacia mí, que tengo tan poca para él.

Me descubre llorando sin motivo y aunque le apena, nunca me recrimina nada. Luego tengo días buenos y sé que son gracias a él, pero no soy capaz de decírselo. Nunca le he dado las gracias, sólo sonrío, y le digo menos de lo que necesitaría escuchar.

Y estos días en los que la fiebre no me ha dejado, tampoco él lo ha hecho. Una mano que buscaba la mía, y caldos calientes que llegaban cuando mejor me venía. Y yo, bajo las mantas, pensando en que no es justo.Es tanto lo que él me da, y tan poco lo que yo le doy… 

Lo que ví en mi sueño

Lo que ví en mi sueño

Una noche hace tiempo soñé con un pequeño jardín, iluminado por el sol y en el que crecían unas florecillas muy alegres de color naranja. Soñé que un perrito de lanas jugaba con ellas mientras una niña rubia de poca edad hacía pucheros porque no encontraba su muñeco. Soñé con muebles nuevos en el interior de una casa, de esos que impregnan el aire de olor a madera. Soñé con un cochecito azul claro, no demasiado grande y con un saloncito en el que colgaran los cuadros hechos por él que tanto me gustaban.Hoy he visto ese sueño, pero ya no era mi sueño. Otra persona lo está haciendo realidad por mí.La niña rubia es un niño, y aunque en ese jardín las flores son rojas, no deja de ser lo que aquella lejana noche soñé.

Nueva etapa

Nueva etapa

Llevo varios días sin escribir, la causa: un molesto virus que me ha dejado machacado el estómago y que me ha regalado unos fabulosos dolores de cabeza. Todo comenzó el día de Halloween, esa sí que fue una noche de terror, salí a una fiesta sin disfrazar pero aún así mis ojeras daban miedo.Y lo más irónico de todo es la cantidad de gente que conocí, hay que ver, que cuando más hecha una patata estoy es cuando más ligo.

Ya estoy recuperada, aunque todavía algo molesta, pero eso no me impide retomar mi actividad habitual. De hecho, voy a ser ahora pluriempleada. Además de mi trabajo, empiezo a ser colaboradora de un sitio en el que ya trabajé. Haré trabajos ocasionales y creo que me tocará algún marrón, empezando por el de esta tarde, ya que tengo que ir al aeropuerto a recoger a unos invitados de honor que llegan de Francia. ¡Con el estrés que me produce Barajas!

A esto hay que añadir que cada vez queda menos para mi examen, 19N, una vez más otro intento de opositar, que, seamos sinceros, no creo que dé fruto.

Tengo poco tiempo libre de momento, pero estoy contenta y procuro quedarme con lo bueno de cada cosa, que para una racha de optimismo que me llega no estoy para desaprovecharla…

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Por cierto, ¡felicidades querida niña!

Aquella noche sin luna...

Aquella noche sin luna...

Agosto de 2001. Noche cerrada en el campo. Un grupo de doce personas se encamina con linternas por el borde de la carretera hacia la entrada de la finca. Bajo la poquísima luz que la luna ofrece se ve, tras las vallas, la fachada imponente del hospital abandonado y los restos de lo que fue su parking. El pueblo más cercano queda lejos para ir a pie,y sorprende que en un sitio tan relativamente alejado pudiera haber tiempo atrás una febril actividad.

La chica que cierra el grupo no está nada convencida acerca de lo que van a hacer. Se ha convertido en la moda del verano y ella no comprende muy bien qué puede tener de divertido meterse ahí dentro,donde seguro que sólo hay ratas, pero tiene aún más miedo de quedarse sola en la entrada mientras sus amigos recorren el edificio.

Hay un agujero en la valla, por lo que pronto se encuentran dentro del jardín.

Deciden dividirse en dos grupos para moverse con más libertad mientras recorren las seis plantas de aquella mole.

Pegada a su novio, la chica miedosa se promete que no montará un numerito, pero la sola idea de verse envuelta en tinieblas hace que se arrepienta de no haberse quedado en casa.

Ya están dentro del edificio, lejos de estar vacío, aún se aprecian las distintas estancias y los carteles de lo que un día fueron. Pasillos con camillas abandonadas, papeles y ropas amontonados,un enorme silencio y una profunda oscuridad. La linterna apenas ilumina el frente más inmediato. Y esta chiquita empieza a ponerse nerviosa cuando los demás deciden seguir subiendo plantas. Parte de las escaleras están derruidas y los huecos del ascensor amenazan con una fuerte caída. Y suben, y caminan sobre un suelo de baldosas levantadas, y en el que a veces una fotografía rompe la monotonía.

Y ella piensa en el pasado de aquel lugar, en la gente que allí estuvo internada y en por qué aún siguen muchas pertenencias por allí, como si el tiempo se hubiera detenido. Entonces siente una fuerte opresión en el pecho, no por el miedo a lo desconocido y a lo que tantas veces ha visto en las películas de terror, no porque piense en fuerzas sobrenaturales, sino porque piensa que no debería estar allí, porque se siente como si estuviera perturbando la intimidad del lugar.Y decide no seguir, y se pone nerviosa. No puede recordar cómo llega de nuevo hacia la salida y se ve fuera del edificio acompañada de su novio.

Han pasado cinco años, y aún se me encoge el estómago.

 

Una flauta de tristes melodías

Una flauta de tristes melodías

Amanece de nuevo un día gris y desapacible en Madrid tras una noche en la que no ha dejado de llover. El cielo está encapotado y aún no ha clareado. Parece que todo el mundo lleva el malhumor en la sangre, y yo considero que el agua que resbala por las calles es demasiado preciosa y necesaria, aunque los días sean más incómodos. Con la lluvia siento que yo me estoy limpiando también.

Apresurada para no llegar tarde al trabajo, desfilo corriendo como de costumbre el pasadizo subterráneo que me sirve de salida a la calle, y como cada mañana…contemplo un escaparate de rostros que me observan con ojos tristes y cansados, y camino entre hileras de personas a los que la suerte les ha abandonado, y me siento un poco más pequeña…

Las notas de la flauta ya llegan a mis oídos, es un sonido al que me he acostumbrado y que me acompaña casi hasta el final del recorrido. El chico que la hace sonar no debe tener más edad que yo, pero sus ojos están mucho más apagados, no entiende casi nada de español aunque hace ya mucho tiempo que está allí, y como por un acuerdo no firmado, a veces recojo para él uno de los periódicos que reparten, porque observa las fotos que en él salen para luego muchas de ellas plasmarlas en un cuaderno que guarda junto a su manta.

Me pregunto cuáles serán sus circunstancias y las de todos ellos, cómo sería su vida, y me sobrecojo al pensar una vez más que no hay que irse muy lejos para toparse de frente con la miseria.

En las puertas de mi trabajo. En la zona más cara de toda la capital. 

Recuperando momentos

Recuperando momentos

El primer mensaje que guardo en mi móvil es del 24 de abril de 2003, y el último es de ayer.Y ambos son de la misma persona y dicen prácticamente lo mismo. En ese sentido, podría decir que en estos tres años hay partes de mi vida que no han cambiado. Pero la mayoría, sí han cambiado.

Voy a cambiarme de compañía y eso conlleva perder todos los números acumulados y todos los mensajes guardados años tras año. Así que ayer me pude a hacer un repaso para pasar la agenda a papel y salvar los mensajes. Y me puse a leerlos, y cómo no, acabé llorando. Durante mucho tiempo han estado esas palabras ahí escritas, como un testimonio de que lo pasado ha sido real, mensajes especiales o más sencillos, que he releído infinidad de veces, y que fui incapaz de borrar en su momento.

Ayer encontré mensajes olvidados, mensajes que anunciaban bodas, rupturas, nuevos trabajos…Había infinidad de mensajes de amigas que ya no lo son, mensajes de Toni que evidenciaban nuestro distanciamiento, mensajes de Zak prometiéndome un mundo mientras, por la fecha, se avecinaba el final…Qué irónico resulta leer con eso con la perspectiva del tiempo. Pero lo mejor fue encontrar un mensaje de Marcos, al poco tiempo de conocerle, que decía: “dentro de unos años te reirás de todo esto”.

Los borré todos, uno a uno. Pero hoy por hoy, todavía no me río.

Leyenda india

Leyenda india

Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hoja del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

- Nos amamos-empezó el joven.

- Y nos vamos a casar-dijo ella

- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.

- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.

- Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.

- Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

- Por favor-repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.

- Hay algo...-dijo el viejo después de una larga pausa-.Pero no sé...es una tarea muy difícil y sacrificada.

- No importa-dijeron los dos.

- Lo que sea-ratificó Toro Bravo.

- Bien-dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?

La joven asintió en silencio.

- Y tú, Toro Bravo-siguió el brujo-deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta...Salgan ahora.

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur...

El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

- ¿Volaban alto?-preguntó el brujo

- Sí, sin dudas. Como lo pediste...¿Y ahora?-preguntó el joven-. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

- No-dijo el viejo.

- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne-propuso la joven.

- No-repitió el viejo-.Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero...Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.

El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

- Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro.

Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados (Jorge Bucay, El camino del encuentro)

Espinete no existe

Espinete no existe

Es el título del monólogo que fui a ver ayer. Había conseguido las entradas prácticamente por los pelos un día antes ya que me lo habían recomendado. E hice bien. A lo largo de casi dos horas, el intérprete repasa en clave de humor, los momentos más especiales de su infancia, su primera comunión, la televisión del momento, el colegio…, y yo lo hice también.

Me acordé del momento más feliz del día, que para mí era llegar a casa y merendar pan y queso mientras veía los dibujos en la televisión. Y escuché de nuevo las risas que mi padre se echaba mientras veía conmigo al reportero más dicharachero de la televisión, ese personajillo verde llamado Gustavo.

Mi madre supervisaba que después hacía las tareas asignadas, que solían ser generalmente sencillos problemas de matemáticas, o conjugaciones de los verbos franceses que tanta lata nos daban.

Recordé las clases de inglés después del colegio, y cómo a mí me daba una vergüenza tremenda ir con el uniforme, ya que me hacía parecer “más pequeña”.

Me ví de nuevo en el parque cercano a mi casa, negociando un intercambio de papel de cartas con mis amigas. Una costumbre que se puso de moda hace unos años y que me llevó a atesorar carpetas repletas de sobres y cartas, que todavía hoy andarán escondidas en algún lugar del armario.

Recorrí las calles del antiguo barrio donde antes vivía, y en el que no había gran cosa que hacer pero donde para nosotros todo era un juego. El garaje en el que pasábamos mañanas y tardes, y días enteros (sí, era un garaje, ya veis), la chopera que había cerca de mi casa y donde teníamos construido nuestro refugio. Las excursiones a la tienda de chucherías para armarnos con todo un arsenal de gominolas de todos los colores y sabores…

Y me acordé de mis juguetes, mi súper cine Exin, mi granja Playmobil, mi Nenuco, que hacía pompitas y babeaba, mi supermercado Smoby…

Me acordé de un montón de cosas. Y me lo pasé fenomenal.

Por otros caminos

Por otros caminos

Aún es de noche cuando salgo de mi casa para ir a trabajar, aún me pesan los ojos de tanto sueño que guardo y sigue sin darme tiempo a desayunar porque siempre me levanto apurada, pero no me importa, ya que después de varios días tensos y ambiente enrarecido en el trabajo, la situación se ha desarrollado de una manera satisfactoria para mí sin comerlo ni beberlo. Y como yo no lo esperaba, he tomado el cambio con ilusión.

Ahora tengo un mejor horario y un espacio más grande (¿para mí sola?)para trabajar, y me entra más luz de la calle. Se acabó por fín el comer todos los días comida de tartera y las dos horas interminables que tenía entre turno y turno.

Además, desde hoy empiezo de nuevo la carrera hacia las oposiciones, y, aunque tengo muchos pájaros en la cabeza, espero que sea más productivo el tiempo dedicado. Pete va a ayudarme con algunos temas y yo intentaré ser paciente, en todos los sentidos.

La llegada del otoño casi siempre me pone triste, una mezcla de nostalgia y melancolía cuando paseo por los parques de color amarillento, y un cansancio inusual que me lleva a arrastrarme y tener desgana. Pero quiero que este año sea distinto, porque tengo mucho por hacer y ya he dado mi palabra de cambio. Y no puedo romper.

Pequeño mundo, importantes coincidencias

Pequeño mundo, importantes coincidencias

Agotada mentalmente es como me siento después de este fin de semana, que podría servir perfectamente para hacer el guión de una peli de terror y melodrama.

Si alguien hubiera tenido una cámara de video a mi alrededor hubiera grabado mi cara de desconcierto el sábado cuando me encontré en el mismo bar en barras separadas a las dos personas que más daño me hace ver: Zak en un lado y Toni en otro, con sus respectivos amigos y tomándose sus respectivas copas. ¿El mundo es tan pequeño que tenemos que coincidir estas tres personas? Vale que es el mismo pueblo, vale que hay pocos bares, vale que al ser fiestas hay más probabilidades de encontrarte con la gente…pero, ¡todo a la vez ¡. Parece que un duende travieso me guía a los sitios a los que no debo ir.

Bastante es que haya coincidido con uno en el trabajo, bastante es que el otro haya vuelto desde tan lejos y sea prácticamente vecino mío. ¿Así es cómo tengo que dar carpetazo? si a cada paso que doy van apareciendo como fantasmas…

Estoy muy cansada. Lo siento, hoy tampco es un buen día.

Cambios de ánimo

Cambios de ánimo

Como en el anuncio del Clio me sentí yo ayer, hecha un mar de lágrimas en el coche mientras escuchaba la radio. En realidad, fue un día bastante estresante en el trabajo. Últimamente andamos con problemas por culpa del horario y se suceden las tensiones con la directora, sobretodo por parte de compañeros que se ven más perjudicados. Aunque a mí no me afecta directamente, sí que me salpica el mal ambiente.

Al salir del trabajo, ví que se había quedado una buena tarde, por lo que me fui a dar un paseo por el Retiro. Cuando llegué allí me animé. El solecito en la cara, las últimas terrazas y en el estanque un ratito de lectura de un libro que me está gustando bastante. A media tarde recibí un mensaje que me levantó más el ánimo, así que, bastante satisfecha llamé a una amiga para tomar algo.

Me fui a casa, me cambié de ropa mientras tarareaba y al rato mi amiga vino con su coche a recogerme. Ella llevaba un pastel de música en el coche, yo tenía la noche parlanchina al principio y ni la prestaba atención. Pero se fueron sucediendo canciones y tras escuchar cómo Amaral cantaba que “sin ti no soy nada” o el bobalicón de Cristian Castro se quejaba “porque te me has ido” o Juanes habla de sus “fotografías para amarte en la distancia” y una sucesión de doce canciones más en esa línea, me percaté sorprendida de que mientras hablaba mis ojos se habían llenado de lágrimas, y entonces fue cuando mi amiga pronunció aquello de: “Fiore, ¿estás llorando?”. Y después vino un llanto convulso e irracional, que se abría camino frente al parloteo de casi dos minutos antes. Y Ana Torroja insistía que “aunque fui yo quien decidió que ya no más y no me cansé de jurarte que no habrá segunda parte, me cuesta tanto olvidarte…”.

Al ratito se me pasó, pero ella estuvo mirándome por el rabillo del ojo durante toda la noche. Malditos cambios de ánimo…el suconsciente me puede.

Escudándose tras el vidrio

Escudándose tras el vidrio

No justifico a las personas que emplean como excusa el alcohol para no reconocer sus errores o asumir las consecuencias de sus actos. No me sirve el clásico: “no me acuerdo de nada” a la mañana siguiente, o el ya manido: “iba muy borracho, no me dí cuenta”. Hay que saber aceptar y reconocer las cosas.

Yo misma, a veces me he achispado más de la cuenta, pero siempre he sido consciente de lo que hacía o dejaba de hacer.

Hace tiempo tuve un amigo al que adoraba, pero tenía un problema: adoraba el alcohol por encima de todas las cosas. El chico agradable que conocía durante el día, iba conviertiéndose en un Mr. Hyde a medida que avanzaba la noche. Pasaba del “te quiero mucho”, al “eres lo peor” en cuestión de segundos, y hería los sentimientos de quien estaba cerca y se preocupaba por él. Los domingos, no faltaba una llamada de teléfono en el que una voz llorosa aseguraba no acordarse de nada. Poco a poco se le fue yendo de las manos, y los cambios bruscos de humor, se tornaron más violentos. De modo que su novia le abandonó, cansada de disculpas hechas por hacer, alegando que la culpa era del whisky. Eso le hizo caer en el abismo, y desapareció. Y se acabaron las llamadas, los mensajes, los encuentros, y su casa siempre vacía y sin luz. Me contaron que se había mudado, pero no era cierto, simplemente, dejó de aparecer.

Y después de su exilio ha vuelto. El otro día, más de dos años después, me encontré con él en la barra de un bar, mucho más delgado, con una sonrisa distinta y un zumo de naranja en la mano. Hablaba relajadamente y se había perdido su brusquedad de antaño. Al principio me sobresalté, la última vez que pude verle, dos porteros le sacaban del bar tras haber intentado pegar a una chica. Fue como ver un fantasma…

A una gran persona

A una gran persona

Ayer, por primera vez en sus 90 años de vida, mi abuelo probó una pizza. Como ha ocurrido en ocasiones anteriores con otras cosas, no la volverá a comer. Y eso que le encantó. Hace poco descubrió lo buenas que estaban las alitas de pollo con barbacoa, y tras pedirle a mi abuela que se las volviera hacer, ella me comentó que no las querría. No le gusta introducir nada “novedoso” en su alimentación. Desde que tengo uso de razón le he visto tomar sopa de fideos para comer y sopas de leche para cenar. Lo mismo exactamente que tomaba cuando vivía en el pueblo y las ganancias de sus padres no daban para más. Lo mismo que tomaba en las trincheras durante la guerra civil…Trato de hacerle ver que ya no es necesario tomar lo mismo, pero siempre alega que es demasiado mayor para cambiar unas costumbres que ha adquirido a lo largo de los años. Mi madre me cuenta que cuando ella era niña, mi abuelo comía un poco de cada cosa, pero siempre ha sido muy sobrio.

Adopta las rutinas establecidas y ya no hay nada que le haga cambiar. No recuerdo haber visto en su casa una cadena de televisión que no sea la Primera, ni recuerdo haberle visto sentado en un sillón que no sea el que utiliza para leer el periódico. Es un hombre metódico, y reniega de casi todas las nuevas tecnologías, le sorprende lo mucho que el mundo ha cambiado desde que él era un muchacho. Tiene una agilidad sorprendente para los cálculos y es capaz de hacer complicadas operaciones matemáticas sin tardar. Jamás ha utilizado una calculadora. Cuando nos reunimos todos para alguna celebración familiar, mi abuelo recupera viejas historias de la guerra, de sus compañeros de bando, de las campañas y nos enseña heridas de metralla en su ya desgastada piel…Es un hombre tranquilo, paciente y cariñoso, y hoy cumple años. Y desde aquí le felicito… aunque sé que jamás conseguiré que se acerque al ordenador a leer este post.

Separados...pero unidos por el mismo recuerdo

Separados...pero unidos por el mismo recuerdo

Conocí a Zak tal día como hoy en la celebración de las fiestas de un pueblito cercano al mío, en uno de los días más lluviosos que recuerdo de mediados de septiembre, con el verano a punto de terminar. Mis amigas y yo, a pesar de la lluvia quisimos ir a unas fiestas que siempre nos habían traído buenos recuerdos por diversos motivos y a las que no faltábamos ningún año.

La lluvia chafó gran parte de las actividades, se suspendieron los fuegos artificiales y la orquesta dejó de tocar mientras escampaba. Nos refugiamos en un viejo cobertizo y fue entonces cuando noté que ya no llevaba el bolso...

Corriendo bajo la lluvia regresé a la plaza donde minutos antes no cabía un alma por si se me había resbalado con las prisas. Allí no había nada, ni nadie, sólo un chico empapado que llevaba algo en la mano.

Al verme buscando algo, se acercó a mí y pude ver que lo que llevaba en la mano era mi bolso. Mi bolso de tela totalmente empapado y hecho un pingajo. Me contó cómo había visto que se me resbalaba sin darme cuenta y que estaba a punto de llamar al número que había encontrado en mi monedero para dar con mi paradero.

Esa fue nuestra primera conversación. Y fue durante esos cinco minutos cuando algo que jamás había sentido me empezó a oprimir el corazón. Me sorprendió lo rápido que me fascinó.

Este fin de semana, he vuelto a esas fiestas, y volví a recordar aquel comienzo, aquella dulzura, y los meses que siguieron. Y ví la plaza vacía sin él, hasta que un mensaje suyo la volvió a llenar, y sonreí. Porque él también se acordó y pensó en mí. Y ese mensaje me alegró la noche.

 

Cancelaciones

Cancelaciones

Hoy estoy muy disgustada, ayer me cayó una chupa de agua encima que duró únicamente mientras hacía el recorrido de casa al garaje, para parar tranquilamente cuando ya estaba a refugio, lo que me ha servido para despertarme con la garganta inflamada y dolor al tragar…cosas que pasan. Pero no es ese el motivo de mi decepción. Hace tres semanas que tengo la entrada para el concierto que los Scorpions iban a dar este sábado y me entero de que lo han suspendido casi de sopetón. No es que me suponga ningún trauma especial, ya que iba por acompañar a Pete, pero me da rabia haber tenido que implicar a gente para cambiar planes de casa rural para este fin de semana y que al final me quede compuesta y sin concierto.

¿Acaso no me piden a mí una responsabilidad para ir a trabajar? En fin, que no me parece muy correcto su procedimiento, dejando tiradas a un montón de personas.

No hay mal que por bien no venga, y este fin de semana son fiestas en un lugar muy especial para mí, aunque plagado de recuerdos agridulces. Veremos si no me invaden.

De entre las montañas

De entre las montañas

He vuelto, pero no he vuelto del todo. Me cuesta encontrarme de nuevo con mi rutina, con mi trabajo y con mis vaivenes emocionales, que han estado hibernando durante diez días en los que no me he acordado absolutamente de nada y prácticamente de nadie…

He visto cosas preciosas y se ha despertado en mí el espíritu del viajero cuando vuelve y se queda con ganas de más.

Desfiladeros, cascadas, glaciares, impresionantes y blancas cumbres, verdísimos prados, casitas de cuento en la orilla de grandes lagos, pequeñas ciudades con encanto. En una casita de los Alpes al estilo Heidi, rodeada sólo de árboles y montañas, qué lejos queda el bullicio de la gran ciudad.