En el Capricho
En la tregua que este fin de semana nos ha dejado la lluvia, Marcos me recogió en mi casa y me llevó a un sitio al que yo quería ir desde hacía tiempo y que por diferentes circunstancias no había podido conocer, el parque del Capricho en las afueras de la capital. Un parque del siglo XVIII, gran desconocido incluso para los que aquí vivimos al no poseer la buena situación de otros verdes lugares como el Retiro.
La tarde no era agradable, hacía frío y el cielo encapotado amenazaba con volver a dejar caer agua sobre nosotros, pero la atmósfera se me hizo amiga en seguida. Pasear bajo esos árboles entre dos luces, oír el agua que caía en pequeñas cascadas o contemplar el decrépito palacio que corona uno de los caminos, me hizo retroceder en el tiempo. Pensé en aquel lugar en un día soleado, mientras invitados ilustres en pequeñas barquitas se apeaban en el embarcadero a los pies del salón de baile construido en la orilla mientras una pequeña orquesta les invitaba a entrar...
La tarde nublada y la poca gente que había, le daban un aire abandonado al lugar, pero al mismo tiempo muy atrayente.
Me gustó el detalle de Marcos, que sabía de mis ganas por conocerlo. Desde el pasado mes de junio, hemos pasado muy poco tiempo juntos y le echaba de menos. Paseando con él, me pregunté que hubiera ocurrido si no llego a superar la dependencia que el año pasado demostré hacia él, esa confusión que me hizo creer que podía haber amor donde sólo hay amistad.
Cierto que nos hemos alejado, pero las circunstancias así son. Su novia es algo celosa, y yo no quiero ser fuente de discusiones. Y él por otra parte, siente que puede ser molesto para Pete, siendo éste incluso su mejor amigo. Lo cierto es que juntos seguimos estando igual de bien que siempre.
Y por tardes como esa, merece la pena esperar.