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The World of Pikifiore

De recuerdos

Hielo y deshielo

Hielo y deshielo

Al principio era como hielo, una mirada perdida,

un brillo en ti, un vacío en mí, total desconocida.

El miedo podía más.

Pasos que se acercaban con timidez,

besos ansiados que nunca llegaban.

Yo , tú , mi mundo no era el tuyo,

aquello que yo amaba tú lo desconocías,

no había nada que nos acercara.

El sol fue derritiendo el hielo,

el horizonte dejaba paso a suaves destellos,

mi ilusión se desmoronaba mientras la tuya crecía.

El destino lo quiso, el hielo se fundió.

Tú y yo nos acercamos en una noche cálida cuando las campanas tañían.

Pero el sol murió y de nuevo el hielo volvió,

nuestras almas se separaron dejando paso a un gran vacío.

Ahora, aquello que tú amas, yo lo desconozco.

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Curada de tí

Curada de tí

Aquí estamos tú y yo, de nuevo en este banco ¿hablando de amor?

Quién me lo iba a decir a mí hace unos años…

En este lugar me hiciste daño, taponando a la fuerza mis deseos de escaparme contigo, lastimándome con palabras desagradables y arañando mis intentos de hacerte cambiar. Ilusa de mí. Yo sólo era una tonta colgada de ti.

Una idiota que tropezaba más de una vez con la misma piedra. Contigo.

He analizado mucho mi pasado, pero esa es la única etapa que nunca consigo comprender. No me reconozco cuando pienso en aquellos años, en la cantidad de tiempo que desperdicié llorando y aferrándome a ti.

Pero ¿sabes? Ahora soy muy fuerte, y ya no me dueles. No me dueles nada. Ni siquiera recuerdo porqué me dolías tanto.

Ahora soy objetiva y por eso puedo estar aquí contigo. Hablandote de amor. Del que nunca me ofreciste ni me ofrecerás. Del que debes darle a otra persona, y sé que lo harás. Como si no hubiera habido un pasado. Como sé que tampoco habrá un futuro. Y por eso, ahora estoy tan a gusto contigo. Nunca pensé que te daría un abrazo sin más. Y me alegro.

Créeme que me alegro

Mi refugio

Mi refugio

Antes sentía la necesidad de refugiarme en mi habitación prácticamente cada noche, cerraba la puerta, escribía, escuchaba música y me aislaba del resto de la casa, a medianoche, las luces se apagaban, mis padres se iban a dormir y todo se quedaba en silencio.

Ahora el silencio es prácticamente continuo. Me rodean cuatro paredes demasiado blancas aún, sin rincones preferidos ni refugios necesarios. Aún me siento extranjera en mi nueva casa. No soy persona que se adapte fácilmente a los cambios, aunque en unos meses olvidaré estos momentos.

Sin embargo, mi antiguo refugio sigue intacto, como si esta noche fuera otra vez a dormir en mi cama de siempre, el pijama doblado bajo la almohada y las zapatillas calentitas, listas para recibir mis pies. Ella lo ha dejado tal cual, porque confía en que vuelva. Antes llorábamos juntas, nos llevábamos como el perro y el gato. Ahora cada día pienso en los que no paso con ella, y necesito abrazarla a cada instante. Creo que ahora entiendo más a mi madre.

Ahora ella es mi refugio.

De un tiempo olvidado ha venido un recuerdo mojado

De un tiempo olvidado ha venido un recuerdo mojado

Si lo pienso, no sé nada de tu vida, a qué hora te levantas, dónde trabajas y a qué dedicas tu tiempo libre. No sé si vas al cine los domingos o haces deporte las mañanas de sábado. Tampoco sé si te has enfadado recientemente, si tienes problemas de dinero o quienes son tus amigos.

No sé cómo son tus días ni cómo son tus noches. Pero te conozco.

Sé que estás triste cuando parpadeas mucho, sé que eres feliz cuando te pones a tararear, te gusta mirar los gestos de la gente que toma café en mesas cercanas, y te entran ganas de correr cuando llueve.

Sé que sueñas con visitar ese sitio algún día y que matarías por defender a quien más quieres. Conozco tus caras, tus suspiros, tus impaciencias y tus deseos, aunque hayas cambiado de prioridades.

Por eso creo que aún te tengo un poquito.

Nadie se pierde nunca eternamente.

 

Asi como los años perdidos a la distancia...

Asi como los años perdidos a la distancia...

Muchas veces te descubres preguntándote qué será de la niña que aparece contigo en las fotos, las dos sonreís a la cámara con el babi lleno de arena y el rostro tiznado, la mirada traviesa, la vida por delante.

Piensas en lo amigas que érais, en cómo jugábais a ser mayores, más adelante, en la ropa que os pondríais para ir a tal o cual sitio. Años compartidos en pupitres contiguos, en sesiones de cine más allá de las aulas, en los primeros escarceos amorosos, las primeras fiestas, los nervios al entrar a un local recién cumplidos los dieciséis. Vacaciones en la playa cumplida la mayoría de edad, noches largas y días también.

Y luego la universidad. Más tarde, la incompatibilidad de clases, ella tiene exámenes y tú todo el tiempo del mundo, un proyecto que me ocupa tiempo, hoy yo tengo plan, lo dejamos para la semana que viene. Y de pronto te das cuenta de que han pasado meses. Y para cuando te das cuenta y piensas “tengo que llamar”, han pasado nueve años. Nueve años en los que nada concreto os separó, pero la vida os dibujó diferentes caminos.

 

Y un buen día, la vida os reúne, fortuitamente, de un modo tan sutil, que nueve años se asemejan a nueve días, porque después de dos horas os dais cuenta de que no habéis cambiado, y que podéis contaros de todo sin tapujos.

Y entonces piensas que es imposible que haya pasado tanto tiempo.

Noche de lluvias, noche de amores mojados

Noche de lluvias, noche de amores mojados

Llueve

Y las aceras están mojadas

Todas las huellas están borradas

La lluvia guarda nuestro secreto

 

Llueve

Y en mi ventana te echo de menos

Los días pasan y son ajenos

El frío me abraza y me parte en dos

(María Villalón, La lluvia)

 

No puedo evitar la tristeza que me ocasiona la lluvia, siempre que las gotas mojan el cristal, cierro los ojos y me acuerdo de los días en que no me importaba saltar sobre los charcos y reía como una loca, calada hasta los huesos. A veces, necesito recordar esos momentos. Sólo a veces.

Hay detalles que los años no borran.

 

Mañana es Nochebuena, la primera que pasaré fuera de casa, quizá mi noche sea más larga de lo acostumbrado,y yo últimamente estoy tan gris como el cielo. Aún así brindaremos con champán.

 

FELIZ NAVIDAD A TODOS

Cerrando cajas de años pasados

Cerrando cajas de años pasados

A veces no me doy cuenta de lo deprisa que pasa el tiempo, y cuando echo un vistazo al calendario de los días pasados, o revuelvo las agendas llenas de anotaciones de meses atrás, me sacude un calambrazo, como hoy.

Las reformas en el edificio en que trabajo, nos obligan a hacer una mudanza forzosa de una planta a otra, ahora veré los edificios de la calle desde arriba, y estaré más cerca del cielo y las ramas de los árboles. Los trastos más voluminosos, ordenadores, fotocopiadoras, mesas, sillas y demás muebles de oficina ya descansan en un amplio despacho tres plantas más arriba, pero aún queda por vaciar los cajones. Y en ello estoy.

Parece mentira la cantidad de cosas que van almacenándose sin que seamos conscientes. Y claro, me he percatado de que ya llevo aquí aproximadamente cuatro años, y eso es mucho tiempo. Una se adapta al lugar en el que pasa sus días, y aunque sólo se trata de un pequeño despacho sin apenas iluminación, le tengo cariño, porque aquí fue donde me reencontré con Toni en un tiempo en el que yo ya no creía en nada.

Mi pequeño despacho me recuerda a aquellas tardes en que hacía turnos intensivos y él se acercaba desde el suyo para ofrecerme un café malo de la máquina, o cuando nos hacíamos los encontradizos por el pasillo camino a la fuente del agua, o cuando pasaba a recogerme para irnos hacia el metro.

Cuando aún no éramos nada, pero ya lo habíamos sido todo.

Nunca dejaré de estar sorprendida por el azar, que hizo que dos personas que en su día se separaron, volvieran a encontrarse en uno de los cientos, cientos, y cientos de edificios que invaden esta enorme ciudad. Y tuvieran que trabajar bajo el mismo techo.

Nunca dejemos de soñar

Nunca dejemos de soñar

Había noches en que sus pies y su alma se rendían de cansancio y tristeza, pero el sueño le reparaba la esperanza, y al día siguiente volvía a perfumarse y a empezar de nuevo. Aunque su razón a veces la llevaba a dudar, un presentimiento le insistía en que él seguía vivo. De todas formas, pensaba que ya no tenía nada que perder. Aquel tiempo de búsqueda no era un tiempo perdido, era la medicina que la hacía mantenerse con vida.

A pesar de querer a su hija con delirio, nunca quiso comentarle lo que estaba haciendo. Le daba vergüenza que se enterara de que su vieja madre, de ochenta años, aún soñaba con amar. No sabía en qué momento llegaba el día en que al anciano se le prohibía veladamente sentir amor carnal. Los abuelos terminaban siendo dadores de experiencias, los cuidadores de nietos, los escuchadores de hijos, los remendadores de calcetines e intercesores de salidas. “Los viejos se hacen invisibles al amor, son repudiados al placer de soñar”, había pensado una tarde en el parque. A ella le había pasado viendo a sus abuelos; parecía que la edad les hubiera robado el alma. Los viejos sólo tenían fotos y leyendas pasadas de tiempo y moda; era imposible imaginar que unos labios cuarteados y desteñidos hubieran besado nunca con pasión de fruta madura.

Cada mañana mientras se observaba y descubría en su geografía de arrugas un nuevo río, Soledad sentía que su alma no tenía tiempo. Ahora podía entender lo que de joven no entendía: que sólo se envejece en los espejos, que el espíritu es libre de volar alto por encima de la vida; que el verdadero amor no tiene edad ni muerte.

Después de dos meses de búsqueda infructuosa y noches desoladas, cuando le quedaban por visitar los últimos Dolguts del listín, ella tuvo un sueño. Soño que lo encontraba. Ella volvía a tener catorce años y corría por la playa pisando carcajadas de mar, bañándose de besos. Que él venía a abrazarla en volandas llevando alas en los pies que los elevaban del mundo y de las piedras. En su vuelo de amor, observaba a su hija que se quedaba en tierra, pero de repente el rostro de ella ya no era el suyo, era el de su madre, que gritaba que volviera, que le ordenaba a voces bajarse de las nubes. Ella no le hacía caso, volaba alto atravesando el cielo.

 

Ese día supo con la certeza de un sueño, que lo encontraría.

El penúltimo sueño, Angela Becerra

Recordando la noche en que no hubo luna

Recordando la noche en que no hubo luna

Tuve que cerrar el libro y dejar de leer antes de que la lágrima traicionera mojara mi bolso, maldita sea.

Ni el calor del vagón ni el ruido de megafonía pudieron evitar que se me hiciera un nudo en el estómago mientras me identificaba con esa chica. Esa chica de mi novela que no encuentra explicación a que de un día para otro, la persona que quiere esté tan distante. Como si los luminosos días hubieran dado paso abruptamente a una eterna noche.

Y me enfadé conmigo misma.

Me enfadé porque han pasado ya varios años, y todavía se me encoge el alma y me duele la tripa pensando en aquella noche en que no dormí, presa de la fiebre, de la impotencia y de la ignorancia.

Y pude sentir la misma sensación de vacío ayer tarde, como si sólo hubieran pasado unas horas.

Aunque ya ni siquiera recuerde su mirada, sólo el fuego que me quemó el corazón esa madrugada.

 

“Que hoy te veo y aunque lo intente no se me olvida
que eras tú el que no creía en las despedidas
que sigo siendo la misma loca que entre tus sábanas se perdía
y a fin de cuentas no soy distinta de aquella idiota que te quería…”

De sueños románticos

De sueños románticos

“Buenos días mundo ¿Me haces un regalo hoy?

Me gustaría levantarme de la cama y encontrarme una rosa. Roja no. Blanca. Pura. Para escribir en ella como si fuese una página nueva. Una rosa dejada por alguien que piensa en mí y a quien todavía no conozco. Lo sé. Un contrasentido. Pero me haría sonreir. La cogería y me la llevaría o la dejaría sobre mi mesa toda la mañana.

Después, a última hora, arrancaría uno a uno los pétalos y, con un rotulador azul, escribiría letra a letra, una sola en cada pétalo, la frase de aquella canción tan bonita: “Entre los obstáculos del corazón hay un principio de alegría que me gustaría merecer…” y después tiraría los pétalos por la ventana. El viento se los llevaría. Podía ser que alguien los encontrase. Que volviese a ponerlas en órden. Que leyese la frase. Y me viniese a buscar.

 Él quizá. Ya. Pero ¿quién es él?”

 

Federico Moccia. Perdona si te llamo amor

 

Aunque hoy lo veas todo negro y pienses que ya no habrá más abrazos, piensa que todo puede volver a empezar. Si te dejó marchar, no te merecía…Ayer te dejé llorar. Espero que hoy me dediques una sonrisa.

Hace muchos años...en el comedor

Hace muchos años...en el comedor

Se acabó lo que se daba. Hoy ha empezado el horario escolar, como los niños que se enfrentan de nuevo a las aulas, nosotras volvemos a reencontrarnos con el turno partido y las consiguientes comidas preparadas. La temporada otoño-invierno viene este año surtida de tuppers de todo tipo.

Esta mañana un pequeño lloraba a mi lado en la parada del autobús y se aferraba a su madre desesperado porque no quería ir al colegio. Ganas me han entrado de unirme a él…Cómo lloraba yo a su edad también.

Al bajar a la cafetería con mis compañeras, un olor a comedor escolar ha impregnado mi nariz y me he acordado del niño de la parada. Han venido a mi mente imágenes de una niña rubia de unos seis años, con uniforme, llorando desconsolada ante una infinidad de mesas llenas de niñas comiendo. Esa niña era yo.

Comer en el colegio fue uno de mis mayores terrores hasta que llegué a los cursos “de mayores”. Era de las típicas niñas a las que no les gustaba nada, y llegar a terminarme un plátano era un suplicio increíble. Era una verdadera situación de angustia la que me embargaba. Recuerdo a las monjas enfadadas e inflexibles y mis negativas ante un plato lleno.

Con los años, se fue suavizando. Hoy en día no tengo problemas con la comida, pero a veces, como hoy, ese olor tan imperceptible hace que me acuerde de lo mal que lo pasaba, y la importancia que le daba de niña a algo de lo que hoy no queda nada.

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Amanecer a la rutina

Amanecer a la rutina

Buenos días en este incipiente septiembre. Mis pies vuelven a caminar sobre los desiguales adoquines que me llevan a mi trabajo, de nuevo el café sorbido precipitadamente y la falta de coordinación a la hora de calcular cuando pasa el autobús. Lo llevo mal. Hay mal humor. Me consuelo pensando que aún queda verano, pero no me convence.

He estado fuera, en un precioso sitio lleno de paisajes de foto, y con cada lago que veía y cada castillo que divisaba me acordaba de Toni, esperándome paciente en la capital. Me causa penita viajar sin él, me he acostumbrado a verle todos los días. Y ahora eso cambia con mi traslado de domicilio. Eso también me tiene deprimida.

Los días han pasado muy rápido, y las sucesiones de momentos y lugares se apelotonan en mi cabeza, que aún guarda desorden y no sabe muy bien cómo etiquetar las fotos.

Hubo un momento mágico, mientras desde un puente observaba absorta unos fuegos artificiales, escuchando una música que me hizo parpadear varias veces para enjugarme los ojos.

Y un momento confuso y fugaz, mientras recogía mi equipaje de la cinta del aeropuerto y me encontré a unos metros de unos ojos que hace pocos años guardé en el baúl de los recuerdos. Duró, lo que dura una sacudida de cabeza. Después ya no estaba, ni su equipaje. Ni él.

 

Ya he vuelto. Tenía ganas de leeros.

Buscando las estrellas

Buscando las estrellas

Todos los años, aproximadamente por estas fechas, tiene lugar una bonita lluvia de estrellas, las Perseidas, conocidas popularmente como las lágrimas de San Lorenzo, por la coincidencia con su festividad. Durante las noches que dura este fenómeno, centenares de estrellas fugaces surcan el cielo para concedernos un deseo.

Cuando tenía todo un verano de tres meses, eran las noches que más me gustaban de las vacaciones. La oscuridad salpicada de puntos de luz adoptaba un aire mágico y romántico. Provistos de toallas, esterillas y linternas, mis amigos y yo, acudíamos año tras año a un claro del bosque más cercano de nuestro pueblo a tumbarnos en el suelo y contar estrellas. Teníamos nuestro lugar privilegiado, donde los árboles daban paso al reflejo del agua del lago, y allí en su orilla buscábamos deseosos las estrellas en el firmamento. No existía más ruido que nuestras voces contando historias y retándonos a ver quién veía más lágrimas. Fácilmente se nos echaba encima la madrugada, y el frío se nos metía en los huesos pese a las buenas temperaturas de agosto. En mis montañas, no hacía calor.

Durante esas noches, incluso Gran Sapo se relajaba, y nos sorprendía a todos con sus conocimientos sobre constelaciones. En esos momentos mis ojos brillaban más que las estrellas de puro deseo.

Con los años, el numeroso grupo fue disminuyendo, no todos pasábamos allí las vacaciones. Los compromisos familiares y laborales impedían la pequeña excursión.

He vuelto allí varias veces, de día, y hoy, leyendo el periódico me han entrado muchas ganas de volver. De ver las estrellas con Toni y pedir un deseo.

Aunque mi deseo se cumplió.

Mirando hacia atrás

Mirando hacia atrás

Llevo tanto tiempo veraneando en el mismo sitio que a veces no soy consciente del paso del tiempo. Rutinas que se repiten año tras año y que en lo único que se diferencian de hace un tiempo es que antes pasaba largas temporadas y ahora solamente los fines de semana y algunos periodos aislados. Por supuesto, la gente ha cambiado y los locales que me vieron crecer también, pero el ambiente en general se mantiene inmutable. Los mismos corrillos de gente en la piscina, ahora más numerosos por los hijos y sobrinos de la gente que se crió conmigo, las mismas competiciones de antaño, las fiestas, todo.

Cuando con mis dieciséis recién cumplidos empecé a salir de noche a bares, sonaban en las discos, las machaconas canciones de verano del tiburón, o el odioso venao y demás parafernalias. También había hueco para música de baile repetitiva y aquel famoso “ Estoy llorando por ti…”, que a alguna amiga mía le traía loca.

Hoy, casi en las puertas de la treintena, no tengo el aguante de entonces, cuando amanecía y yo aún no había llegado a casa. Ocasionalmente, escucho aquellos hits veraniegos en el mismo lugar que lo hacía una jovencita alocada muchos años atrás, en el mismo lugar en que conocí a Toni (es lo que tiene veranear en un pueblo de apenas cuatro locales), y es entonces cuando, como el pasado sábado, me recorre una oleada de vértigo y me doy cuenta de que han pasado más de doce años, y yo no me he enterado.

 

Analizando un pasado concreto

Analizando un pasado concreto

Hace ya muchos años, me juré a mí misma que nunca volvería a caer presa de una obsesión mal llamada amor como la que tuve con Gran Sapo, y que no volvería a llorar de manera enfermiza noche tras noche ni por él, ni por nadie.

Afortunadamente, lo cumplí, y hoy, si tengo que llorar, no lo hago con la angustia que me atenazaba el alma y que hacía parecer mi casa más vacía de lo que ya la sentía entonces.

El amor que tengo ahora es sano, y no me desolla por dentro. Mi manera de querer ha cambiado.

Durante muchos años, demonicé aquella relación, jugaba cada día con fuego y ni con las manos abrasadas me alejaba. El otro día, durante una cena con amigas, se sacó un tema mucho tiempo guardado. Y me recordaron cómo apuraba las últimas gotas de una botella de ron cada noche para disfrazar lo pequeña que me sentía, los portazos a las nueve de la mañana, los montones de cigarros consumidos en ceniceros que esperaban pacientes que finalizaran aquellas conversaciones en las que siempre era yo la que perdía.

Nunca gané una batalla. Nunca gané la guerra.

Han tenido que pasar muchísimas lunas para que me haya dado cuenta de que no guardo ningún buen recuerdo de aquella etapa. Cierro los ojos y ni esforzándome encuentro uno solo. Las notas de las canciones que escuché, ya no me dicen nada. Ni los mensajes. Ni siquiera los papelajos escritos con rabia después de aquellas discusiones.

Mis amigas me apretaron las tuercas buscando que aflorara rencor, pero no puedo sentir rencor. De hecho, no sólo no le odio, sino que le tengo cariño.Ni yo misma sé porqué. Sé que si escarbara encontraría muchas cosas que no querría saber. Pero no me apetece remover la tierra seca.

Sé que aunque entonces lo llamara así, aquello nunca fue amor.

Reencuentro con su sonrisa

Reencuentro con su sonrisa

El chico estaba sentado frente a mí en el autobús. Su larga melena rizada le caía salvaje por los hombros, la cazadora desgastada había vivido tiempos mejores y el libro sobre ensayo teatral descansaba en sus rodillas solicitando un respiro. Con sus ojos oscuros contemplaba la calle a través del sucio cristal del vehículo. A pesar de que nunca le había visto, supe enseguida quién era. Su mirada de contrastes y sus profundas pupilas no podían engañarme. Es tan parecido a su hermano…

Zak no dejaba de hablar de él, con el tono de voz de quien muestra un profundo orgullo por alguien, con el pecho henchido de admiración hacia su hermano menor, tan solo menor un año escaso. Siempre me dió pena no haberle llegado a conocer, no tuve tiempo. Y ahí estaba ayer frente a mí. Porque sabía que era él. Esos rasgos no podían ser de otro.

Sin saber ni cómo, dije su nombre en voz alta, y sorprendido, me miró…y me habló “¿Me conoces?”, y sintiéndome como una estúpida le respondí tímidamente “Conocí a tu hermano”…

Entonces me sonrió. Y fue como si Zak volviera a sonreírme, y me sentí emocionada porque le había olvidado y de repente un extraño le había robado su sonrisa.

Y recordé la primera vez que Zak me sonrió, en aquella plaza desierta y mojada, y la última vez que lo hizo, aquella tarde de aguacero en que mis lágrimas se mezclaron para siempre con la lluvia, en el amplio portal donde, sentada, esperé y esperé desolada y derrotada como una Malena que espera que su Fernando se asome a la ventana de su casa y sus lamentos no son escuchados.

El timbre que anunciaba la parada solicitada me sacó de mis recuerdos, y me devolvió a aquel autobús abarrotado, donde su hermano seguía sonriendo.

Se bajó allí y yo me quedé mirándole hasta que dobló la esquina.

Al llegar a su casa, sólo podría contarle a su hermano que una chiquita rubia le habló de él, y que mientras le sonreía parecía muy lejos de allí.

Una venda en los ojos

Una venda en los ojos

A aquellas horas de la noche no había ya un alma en el entorno de Ciudad Universitaria, metidos en el coche cerca del edificio de la UNED, bebíamos de una botella mientras en la radio, Los Lunes nos recordaban Los años que nos quedan por vivir.

Era mi primer fin de semana sin Luis, mi ex novio mentiroso, y mis amigos Ale y Merian se afanaban por entretenerme. Ellos no eran precisamente una pareja modelo, pero yo en aquellos momentos les tenía envidia, a mis ojos, ambos se adoraban. Lo podía ver en el rostro de Merian.

El calor de la calefacción del coche y la bebida me habían dejado aturdida, y como además quería dejarles intimidad, me bajé un rato a tomar el aire prometiéndole a Merian que no me alejaría.

Cuando le daba las últimas caladas a mi cigarro, escuché pasos a mis espaldas y me asusté, al ver que era Ale, que había ido a buscarme me tranquilicé, pero no tuve que hacerlo. Ale estaba borracho, y decía cosas incoherentes mientras se abalanzaba sobre mí. Le grité y le empujé, y abochornado me hizo jurar que no diría nada, y ese peso se mantuvo durante mi conciencia hasta unos meses después, cuando la situación se repitió con otra amiga mía mientras Merian estaba de vacaciones. Otra vez lo achacó a su borrachera, pero yo me prometí contárselo en esta ocasión a mi amiga.

Ocurrió lo que todos los demás daban por hecho, no nos creyó. Y aquello resquebrajó nuestra amistad y nos distanciamos.

He sabido con los años, que Ale y Merian siguen juntos, se han casado y viven en un piso a las afueras de la capital, y no me sorprende.

Ayer, en un bar, me encontré con Ale en compañía de una chica diferente, la besaba y bailaba con ella, y me dio lástima por la ilusa de mi antigua amiga.

Hay gente que tiene la verdad delante y no la quiere ver.

Lejos

Lejos Una vez  más, ayer me quedé esperando tu llamada hasta la madrugada. Cuando ví que no se produciría, apagué el móvil. Ya, ni siquiera enfado me causa, tan sólo una profunda tristeza y un pinchazo de nostalgia. Cada día es más grande el abismo que nos separa, lejos quedan los meses en que eras mi ojito derecho ¿a quién pretendo engañar? eres aún mi ojito derecho, y te echo de menos.

Atrás quedaron tus visitas a mi casa, los años en que preparábamos un disfraz de carnaval en estas fechas que ahora se acercan.

Lo que me apena es ese distanciamiento absurdo que has tejido. Las razones, insuficientes. Sé que nunca te ha gustado Toni, y en ningún momento te oculté que yo no cuajaba con aquella que te quita el sentido, pero antes, eso no importaba. Nuestra amistad estaba por encima de rencillas con terceras personas.

No fue a ti a quien dejé, pero actúas como si así hubiera sido. Nunca me perdonarás que me alejase de tu amigo, pero chico, ese no es tu libro, no es tu historia, así que no tienes derecho a escribir. No tienes derecho a opinar, ni siquiera tienes derecho a juzgarme. Tú no eres un modelo a seguir.

Y me duele estar escribiendo este texto, porque sé que acabaré rompiéndolo, como rompiste tú nuestra confianza. Ahora soy sólo un personaje secundario, al que las noticias no llegan frescas. De lo contrario, no te hubieras sentido tan solo entre las cuatro paredes de tu casa, las únicas que vas a contemplar en una larga temporada.

Y yo, me he enterado tarde. 
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Esperando el autobús

Esperando el autobús La cola del siguiente autobús era larga, en la parada, los intermitentes anunciaban que el vehículo se iba a poner ya en marcha. El chico llegó corriendo, me llamó la atención su traje, demasiado pequeño para un cuerpo tan grande. Fueron décimas de segundo, me miró durante un instante, igual que yo a él, y entonces retrocedí muchos años, y le ví soplando las velas de una tarta, le ví montando en bici y prestándome balones. Luego le ví meterse en un coche cargado de maletas.Y ya no ví más.

Enseguida le reconocí.Por la expresión de sus ojos, supe que él también. Diecisiete años no son suficientes para cambiar tanto los rasgos.No nos dijimos nada, absolutamente nada. Seguí leyendo mi libro, él subió al autobús y me dirigió una última mirada rápida antes de que el conductor arrancara. Y se fue.

Era mi primo.

Mentiras de ayer

Mentiras de ayer

Hace muchos años, antes de conocer a Toni, antes incluso de que existiera Gran Sapo, existía Luis. Corría el año 1998. Luis era el típico chaval resultón, dos años mayor que yo, que traía de cabeza a muchas de las chicas que conocía, con mucha labia y chulería. Era un peligro de chico, un ligón empedernido o al menos lo había sido hasta que le conocí, o esa fue mi creencia. En aquella época, Luis era mi novio, y me quería, algo que siempre pensé. Solía recogerme en moto a la puerta de la facultad todos los viernes, casi todas nuestras citas transcurrían entre las cuatro paredes de aquel bareto decrépito, reíamos muchísimo y hacíamos muchas promesas. De esas promesas que se hacen con la vehemencia de los diecinueve años y que es tan difícil cumplir. Recuerdo que yo entonces me enorgullecía de él, de su cara de niño malo, y no me preocupaban los corazones rotos que contaban, había dejado tras él.

Fue una relación de once meses, mi primera relación “seria”, una relación que había comenzado un mes de enero. Enero de 1998.

Durante ese tiempo, todo fue muy bien, hasta que un buen día, Luis me dejó, por las buenas, por teléfono, sin explicaciones, como quien le dice a un televendedor que no le interesa su producto. Diciembre de 1998.No le volví a ver... Hasta hoy.

Unos grandes almacenes, delante de mí un chico carga con un coche teledirigido mientras le dice al niño que le acompaña que tenga paciencia. El chico es Luis. Tras mi sorpresa inicial, me reconoce, me abraza y me levanta en volandas diciéndome lo poco que he cambiado y sorprendiéndose a su vez de la cantidad de tiempo que ha pasado. El resentimiento que le guardé hace tiempo que se evaporó, así que sólo me ha causado sorpresa.

Al preguntarle si el niño es su sobrino, me explica que es su hijo. Y el crío me amplía la información contándome que hoy es su noveno cumpleaños, y el coche es su regalo. Y entonces todo me cuadra. En una décima de segundo, la información pasa a la velocidad de la luz por mi cabeza.

El niño nació hace nueve años, en enero de 1999. Fue fecundado en abril de 1998. Cuando estaba conmigo.

Curiosa manera de enterarse, diez años más tarde, de que tu primera relación, aquella que idealizaste, aquella que parecía perfecta, fue un completo fraude. Y que ya entonces, tenía unos cuernos de los que no he sido consciente hasta hoy.Lo que es la vida...

 

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