Huellas de una amistad olvidada
Ayer me detuve un rato a pensar en ella, ocurrió cuando encontré su jersey verde en el fondo de mi armario, en el momento en que yo recolocaba los míos.
El día que me lo dejó había nevado y yo temblaba como una hoja un día de vendaval.
Ella y yo nunca fuímos parecidas, quizá la amiga más distinta a mi personalidad que he tenido nunca y a pesar de nuestros choques siempre agotábamos las horas al teléfono y apurábamos los fines de semana entre risas y enfados. Por ella me metí en mil historias, y de ellas acabé sacándola con apuros, por ella tuve problemas con mis amigas de toda la vida y lo dejé todo cuando casi sin aliento me contó que su novio la había abandonado.Y un buen día, ya no tuvo tiempo para mí, sus veinticuatro horas diarias eran demasiado poco tiempo para dedicarle a su nuevo novio, y se fabricó semanas eternas y días que nunca terminaban para estar con él.Y dejó de sonar mi teléfono y vibrar mi móvil a la hora del descanso, y dejó de llorar y hablarme al otro lado de la línea, y olvidó el camino que llevaba a mi casa y el horario de los bares en los que nos divertíamos. Y pasó por alto las tardes de estudios compartidas y las confidencias robadas a altas horas de la noche.
Tenía razón la gente, nunca fuímos parecidas.
No sé porqué, ayer le mandé un mensaje, la respuesta, tal y como esperaba: ninguna. A veces, sí me arrepiento del tiempo invertido. No la necesito.