Mi Peter Pan

Deseaba haber aparecido por aquí antes, decir que no había olvidado que tenía un pequeño rincón azul, escribir al menos una o dos veces por semana, desgranar mis pensamientos tecleando en mi habitación, o en mi despacho, pero la desidia hacía su aparición en cuanto empezaba a hacerlo. Había épocas, cuanto más triste estaba mi corazón, en que las palabras me salían solas. Hoy, es como si mis dedos se encontraran agarrotados.
Pero aunque tarde, siempre vuelvo.
Últimamente he pensado mucho en el paso del tiempo, en la carrera hacia la temida palabra “madurez”, que no encaja en mi diccionario vital. Echo la vista atrás y aún me veo como la estudiante ingenua que suspiraba por un amor que no llegaba, la que deseaba que pasara toda la semana corriendo para que llegara el fin de semana, la que lloraba desconsolada viendo películas románticas. Hace poco, un suceso en el autobús que me lleva al trabajo cada mañana, hizo que casualmente conociera a un chico muy peculiar. Desde entonces, hablamos cada mañana, a pesar de todo lo que no tenemos en común. Él es un chavalín muy joven, acaba de cumplir diecinueve años. A menudo me habla de sus estudios, los trabajos que tiene que hacer, lo bien que se lo pasa con sus amigos y los ambientes en los que se mueve, lo mucho que le gusta la universidad y lo divertido que es el campus. Y me entra muchísima pena, porque a mí me asusta crecer. Y crezco.
Cerrando cajas de años pasados

A veces no me doy cuenta de lo deprisa que pasa el tiempo, y cuando echo un vistazo al calendario de los días pasados, o revuelvo las agendas llenas de anotaciones de meses atrás, me sacude un calambrazo, como hoy.
Las reformas en el edificio en que trabajo, nos obligan a hacer una mudanza forzosa de una planta a otra, ahora veré los edificios de la calle desde arriba, y estaré más cerca del cielo y las ramas de los árboles. Los trastos más voluminosos, ordenadores, fotocopiadoras, mesas, sillas y demás muebles de oficina ya descansan en un amplio despacho tres plantas más arriba, pero aún queda por vaciar los cajones. Y en ello estoy.
Parece mentira la cantidad de cosas que van almacenándose sin que seamos conscientes. Y claro, me he percatado de que ya llevo aquí aproximadamente cuatro años, y eso es mucho tiempo. Una se adapta al lugar en el que pasa sus días, y aunque sólo se trata de un pequeño despacho sin apenas iluminación, le tengo cariño, porque aquí fue donde me reencontré con Toni en un tiempo en el que yo ya no creía en nada.
Mi pequeño despacho me recuerda a aquellas tardes en que hacía turnos intensivos y él se acercaba desde el suyo para ofrecerme un café malo de la máquina, o cuando nos hacíamos los encontradizos por el pasillo camino a la fuente del agua, o cuando pasaba a recogerme para irnos hacia el metro.
Cuando aún no éramos nada, pero ya lo habíamos sido todo.
Nunca dejaré de estar sorprendida por el azar, que hizo que dos personas que en su día se separaron, volvieran a encontrarse en uno de los cientos, cientos, y cientos de edificios que invaden esta enorme ciudad. Y tuvieran que trabajar bajo el mismo techo.
Regálame septiembres

Sentada en un incómodo banco del andén, dejó pasar un metro tras otro, los suficientes para que ya no se le notaran los ojos humedecidos y se le acabaran los suspiros…No podía encaminarse así hacia el otoño.
Septiembre. He vuelto. Los repartidores de prensa gratuita me taponan el paso y con una práctica perdida,agarro como puedo los periódicos mientras intento no dejar caer el bolso y el libro. La primera señal de que todo vuelve a su cotidianidad, conmigo, todos vuelven a la ciudad.
Ha sido un verano de viajes, de excursiones estudiadas y otras no tanto, de perderse en caminos forestales y pasear descalzos por la playa al ponerse el sol. Días de llorar temiendo perder el ancla de mi barco, de reir por mis innumerables patosadas, de capturar paisajes, de cruzar miradas y consolidar lazos. A veces ha habido días de pisar sobre tablones sueltos, de marear el suelo que pisaba, de dudas. Otros, días de certezas, de fotos a contraluz y aviones a Centroeuropa.
Un regreso a casa que me descoloca, un verano que me dice adiós, y un otoño que me regalará melancolía…
“Fin del verano que nunca quisimos
pero que siempre estará justo donde queremos.
Fin de los días de risas y vinos
nos permitieron soñar aunque fuera despiertos.
Y es que las mejores fotos las guardo en mi retina
donde contemplo tus ojos y alabo tu sonrisa”
Regálame septiembres. Capítulo 7
Mirando al mar soñé...

Siento mi absentismo de los últimos tiempos, debe ser que la llegada del calor hace que mi inspiración se tome un descanso. Buenos meses para la inactividad.
Mi vida sigue un camino color azul,y de momento el terreno está despejado sin piedras a la vista.
Me tomo unos días de descanso para ver el mar, que se echa tanto de menos por estas tierras.
Volveré con nuevos escritos.
Nunca dejemos de soñar

Había noches en que sus pies y su alma se rendían de cansancio y tristeza, pero el sueño le reparaba la esperanza, y al día siguiente volvía a perfumarse y a empezar de nuevo. Aunque su razón a veces la llevaba a dudar, un presentimiento le insistía en que él seguía vivo. De todas formas, pensaba que ya no tenía nada que perder. Aquel tiempo de búsqueda no era un tiempo perdido, era la medicina que la hacía mantenerse con vida.
A pesar de querer a su hija con delirio, nunca quiso comentarle lo que estaba haciendo. Le daba vergüenza que se enterara de que su vieja madre, de ochenta años, aún soñaba con amar. No sabía en qué momento llegaba el día en que al anciano se le prohibía veladamente sentir amor carnal. Los abuelos terminaban siendo dadores de experiencias, los cuidadores de nietos, los escuchadores de hijos, los remendadores de calcetines e intercesores de salidas. “Los viejos se hacen invisibles al amor, son repudiados al placer de soñar”, había pensado una tarde en el parque. A ella le había pasado viendo a sus abuelos; parecía que la edad les hubiera robado el alma. Los viejos sólo tenían fotos y leyendas pasadas de tiempo y moda; era imposible imaginar que unos labios cuarteados y desteñidos hubieran besado nunca con pasión de fruta madura.
Cada mañana mientras se observaba y descubría en su geografía de arrugas un nuevo río, Soledad sentía que su alma no tenía tiempo. Ahora podía entender lo que de joven no entendía: que sólo se envejece en los espejos, que el espíritu es libre de volar alto por encima de la vida; que el verdadero amor no tiene edad ni muerte.
Después de dos meses de búsqueda infructuosa y noches desoladas, cuando le quedaban por visitar los últimos Dolguts del listín, ella tuvo un sueño. Soño que lo encontraba. Ella volvía a tener catorce años y corría por la playa pisando carcajadas de mar, bañándose de besos. Que él venía a abrazarla en volandas llevando alas en los pies que los elevaban del mundo y de las piedras. En su vuelo de amor, observaba a su hija que se quedaba en tierra, pero de repente el rostro de ella ya no era el suyo, era el de su madre, que gritaba que volviera, que le ordenaba a voces bajarse de las nubes. Ella no le hacía caso, volaba alto atravesando el cielo.
Ese día supo con la certeza de un sueño, que lo encontraría.
El penúltimo sueño, Angela Becerra

